RESUMEN: La serie algorítmica de Vera Molnár Variations Sainte-Victoire (1983-1996) y la pieza Body bags for animals (2012-15) de Marina Zurkow son paisajes performativos que pueden ser vistos como la semblanza artística de procesos de corte cibernético que expresan la naturaleza (o el cosmos) desde un punto de vista cosmotécnico. Transcurren en medio de una serie de relaciones paradójicas entre el sentido, la imagen y la forma. Por ejemplo, Molnár, pionera del arte computacional, advierte que la curva de Gauss y la Sainte-Victoire se parecen. Entonces desarrolla algorítmicamente, mediante puntos que describen el perfil de dicha montaña, una forma relacional paradójica: coincidente con su célebre imagen y ajena al sentido gaussiano de visualizar datos. Igualmente, Zurkow construye unos encantadores cadáveres de animales con plástico de colores –contradictoriamente contaminante– con el que llena unas bolsas de basura, que son versiones de los trajes Tychem (un equipamiento que ofrece protección frente a sustancias químicas, similar a un traje de astronauta). El arte se convierte así en una interfaz ecológica, una herramienta que propone paisajes cibernéticos, más allá de la metáfora o la idealización, reconociendo que la naturaleza ya está entrelazada con nuestras tecnologías, cuerpos y códigos de comunicación.
ABSTRACT: The algorithmic series Variations Sainte-Victoire (1983–1996) by Vera Molnár and the piece Body Bags for Animals (2012–2015) by Marina Zurkow are performative landscapes that can be understood as artistic embodiments of cybernetic processes expressing nature (or the cosmos) from a cosmotechnical perspective. These works unfold within a network of paradoxical relationships between meaning, image, and form. For instance, Molnár, a pioneer of computational art, observed a resemblance between the Gaussian curve and the Sainte-Victoire mountain. She then developed, through algorithmic means and a set of points describing the mountain’s profile, a paradoxical relational form: one that coincides with its iconic image yet diverges from the Gaussian logic of data visualization. Similarly, Zurkow constructs charming animal corpses using colorful plastic—ironically polluting—which she stuffs into garbage bags modeled after Tychem suits (protective gear designed for chemical exposure, similar to astronaut suits). In this way, art becomes an ecological interface: a tool that proposes cybernetic landscapes beyond metaphor or idealization, acknowledging that nature is already entangled with our technologies, bodies, and communication codes.
KEYWORDS: Cybernetic landscape, Cosmotechnics, Feminine expresable, Vera Molnár, Marina Zurkow.
En 1924, el escritor André Breton publicó el manifiesto surrealista –ahora un tesoro nacional en Francia–. Con él nacía uno de los movimientos artísticos más populares de la vanguardia.
Familia, de Tatsuo Ikeda, otra de las obras expuestas en la muestra del Pompidou.Art Institute Chicago
La muestra viajará a Bruselas, Madrid, Hamburgo y Filadelfia, aunque en cada una de estas ciudades el montaje podría variar. En París, la exposición ocupa las salas centrales, las más grandes del museo, y tiene forma de laberinto que se despliega a partir de un “corazón” que alberga el manifiesto surrealista. Para entrar hay que atravesar una gigantesca boca abierta, una reproducción de la fachada del cabaré de L’Enfer (infierno), que estaba situado bajo las ventanas del apartamento de André Breton.
El surrealismo fue un movimiento plástico, pero también un movimiento que buscaba impulsar ideas que invitasen a la acción, a cambiar de vida y a intervenir social y políticamente. En este sentido, se exhiben muchos documentos que dan fe de los ideales de un surrealismo que condenó las guerras coloniales del Rif, Argelia e Indochina, además de los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX. Este era un principio irrenunciable de Bretón. De hecho, ante las burlas de Dalí al ideario comunista antifascista, el artista español fue expulsado del grupo.
Así, en el espacio denominado “Las lágrimas de Eros” se aborda la libertad sexual desde la perspectiva libertina, radical y política del marqués a través de obras de Dalí, Francis Picabia, Toyen o Joyce Mansour, entre otras. Lautréamont, con su frase “la belleza es el encuentro de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de operaciones”, da nombre a otra sección que invita a reflexionar sobre lo absurdo de las convenciones –incluidas las lingüísticas–.
Alicia en el País de las Maravillas, de Rene Magritte.WikiArt
Por su parte Alice, dedicada al pensamiento divergente infantil, el mundo de los locos o los durmientes, es una de las áreas más divertidas. Preside el espacio un gran cuadro de Magritte del periodo vache (“vaca” es un eufemismo para apelar al mal gusto) que lleva por título el nombre de la heroína de Carroll. Le acompañan obras de Picasso, Mimi Parent o Claude Cahun.
Otros temas típicos del surrealismo como el inconsciente, la piedra filosofal, los médiums, el bosque tenebroso o las quimeras nos hablan de zonas oscuras no iluminadas por los potentes faros de la ciencia y el progreso.
Las mujeres del surrealismo
Muchas mujeres surrealistas contribuyeron a crear estos universos góticos, abiertos al misterio, lo arcaico y lo mitológico. Uno de los aciertos de esta muestra es precisamente incluir a treinta y siete de ellas.
Podemos destacar a las británicas Ithell Colquhoun –cuyos halos luminosos parecen mostrar cómo, en el espacio, todo emite reverberaciones sonoras– y Grace Pailthorpe, capaz de retratar lo blando inquietante con la morosidad de un Dalí.
Meret Oppenheim sorprende con un enorme lienzo sobre la transformación de Daphne en laurel. Maruja Mallo, vestida con manto de algas, y Remedios Varo, presente con un gouache perteneciente al Museo Reina Sofía y tres serenas obras ocultistas pintadas en México –donde murió–, constituyen la aportación española. Tras la Segunda Guerra Mundial, Leonora Carrington también se refugió en México. Tanto ella como Toyen y Dorothea Tanning son las artistas mejor representadas en la exposición.
Las surrealistas también contribuyeron a la exploración de algunos métodos –como el dibujo automático, el frottage, el cadáver exquisito o la decalcomanía– empleados para introducir el azar y generar una estética chocante.
El dibujo automático, muy utilizado por Unica Zürn, consiste en dibujar sin prestar atención, teniendo la mente ocupada en otra cosa –por ejemplo, hablando por teléfono– para que el resultado no se vea influido por el control de la conciencia.
El frottage (del francés frotar) es un procedimiento explorado por Max Ernst. Se basa en colocar el lienzo sobre un objeto para restregar la pintura con un pincel de cerdas duras y transferir así las texturas de este al soporte. Ernst a veces también lijaba la superficie de los lienzos y obtenía nuevas y azarosas marcas para sus “bosques”.
La decalcomanía es otra técnica sencilla que consiste en lanzar gruesas pinceladas para presionar sobre ellas con el papel y obtener manchas sugerentes sobre las que se pueden hacer pequeñas intervenciones. Una muy típica es el León Saltando (1936), de Óscar Domínguez.
El cadáver exquisito
Pero la técnica surrealista por antonomasia es el cadáver exquisito: una imagen fragmentada creada en un juego donde cada participante realiza una parte de un dibujo y luego dobla el papel de modo que éste quede oculto para el siguiente dibujante.
Después de cien años, resulta inquietante que la estética surrealista aparezca en tantas obras generadas por inteligencia artificial. O que las ideas surrealistas contra el antropocentrismo y la mirada eurocéntrica, por ejemplo, que impedían advertir la autonomía y sabiduría de los pueblos primitivos, las plantas o los animales, se nos presenten ahora como cruciales para ayudarnos a lidiar con la catástrofe ecológica en que estamos inmersos.
Max Ernst (1891-1976) fue un artista alemán fundador del movimiento dadá y una de las grandes figuras del surrealismo.
El círculo de Bellas Artes de Madrid acoge estos días una exposición, Max Ernst. Surrealismo, Arte y Cine, que presenta, de manera muy cuidada y formidablemente bien documentada, una faceta bastante desconocida del creador: su relación con el cine.
Y es que más allá de que haya películas que traten sobre su vida o el movimiento surrealista, la exhibición se esfuerza en mostrar que la construcción del espacio-tiempo sigue un ingenioso camino en ambos aspectos de la obra de Ernst, la pintura y el cine. Se puede admirar así cómo ciertas obras plásticas pueden ser entendidas desde presupuestos cinematográficos y también cómo las películas revelan un tratamiento pictórico de la acción y el movimiento.
El mundo del collage
Paul Éluard / Max Ernst, Répétitions (Repeticiones), París 1922, ilustración de portada sobre un collage de Max Ernst.Círculo de Bellas Artes
Si algo caracteriza la trayectoria de Ernst es la aventura y la experimentación. Empecemos por la pintura. Max Ernst, en su etapa dadaísta en Colonia, creó un procedimiento plástico, el collage, que hoy practican hasta los niños en los colegios, pero que en su momento producía unos resultados inquietantes y hasta espeluznantes.
Los collages de Ernst muestran una simultaneidad de acciones muy dispares en un mismo espacio continuo. Esto genera imágenes tan violentas e icónicas como la de unas manos que atraviesan un ojo con una aguja al tiempo que agarran una delicada mariposa. La película de Salvador Dalí y Luis Buñuel Un perro andaluz sigue muchos de los motivos y principios de estas obras primerizas. Ese acto de atravesar el ojo que perpetran Ernst y los directores españoles en una de las escenas más famosas de su film funciona como un enérgico manifiesto de lo que pretendía el surrealismo: liberar la visión.
Igualmente, Une semaine de bonté (Una semana de bondad) –una obra que por sí sola ya le hubiera colocado en un lugar preeminente en la historia del arte– es una serie de collages que puede ser leída como una fabulosa colección de películas. De hecho, la muestra ofrece una animación de Jean Desvilles generada en 1961 a partir de esta obra singular que es como un sueño hecho realidad.
Los 182 collages originales, realizados en torno a 1934, se mostraron por primera vez en Madrid en 1936 y los volvimos a ver en 2009 en la Fundación Mapfre. Fueron creados a partir de un material muy específico: ilustraciones de novelas folletinescas del siglo XIX realizadas mediante la técnica del grabado sobre madera muy dura. Estos dibujos presentan unas tramas muy apretadas y unos contornos muy nítidos. En los años 20 esta técnica estaba obsoleta y por eso, cuando Ernst comenzó a comprar estas novelas en librerías de viejo, ya eran una rareza.
Al trabajar con un material tan específico Ernst razona como un cineasta: primero elige una lámina, que le proporciona el marco para la acción. Sobre ella añade figuras y objetos procedentes de otras de estas ilustraciones, generando poco a poco acciones que transcurren simultáneamente en el plano. El raccord, o continuidad entre secuencias, está garantizado por la enorme coherencia estilística y formal del material que emplea. Así, ponerle unas alas de dragón a una recatada mujer del XIX, enmascarar a los poderosos con efigies de leones o inundar los interiores burgueses con mares encrespados son modos de generar secuencias surrealistas que normalizan lo incomprensible.
Componer desde lo particular
La otra gran invención de Max Ernst es el frottage. En la exposición se ve al artista explicar que la técnica consiste en colocar un papel sobre un tablón de madera sin pulir para, al frotar con ceras o lápices, conseguir que la textura se transfiera al soporte. Sobre estas huellas Ernst ve ojos de pájaros extraños, desiertos, selvas, cabellos… Estas primeras marcas indican una profundidad de campo para la escena y proporcionan la composición del plano que unas veces será general y otras de detalle.
Este procedimiento pictórico revela la fijación, casi neurológica, de Ernst con la textura. Lo normal es que percibamos primero las formas como siluetas coloreadas, antes de captar detalles como las texturas. Por eso resulta tan peculiar el procedimiento del frottage, que invierte el orden de nuestro mecanismo perceptivo –que va de lo general a lo particular– y nos obliga a componer desde lo particular un general que, a la fuerza, nos parece confuso, onírico, raro.
Max Ernst, ‘La roue de la lumière’ (La rueda de la luz), lámina XXIX de Histoire naturelle (Historia natural), París 1926.Círculo de Bellas Artes
Las películas, como Portrait du Max Ernst. Film illogique de Julien Levi y Ernst (1932), siguen esta lógica extraña de considerar a la textura –de la hierba, el tronco, la piel de tigre, los rizos de Marie-Berthe Aurenche (segunda mujer del artista), etc.– como el elemento que compone el plano, que establece el raccord y que obliga a los actores a rellenar el cuadro más que al revés.
En este sentido, la escopeta nunca está en el mismo plano que el tigre y pocas veces encontramos al Ernst actor de cuerpo entero. Vemos más bien su cara asomando a través del tocón de un árbol o sus manos hundiéndose en los cabellos de la chica. Y si camina, lo hace de espaldas. Igualmente, el tigre, su piel, concretamente, aparece mucho antes de que Ernst decida empuñar la escopeta. El guion no se puede decir que sea muy sólido, pero las imágenes son extremadamente nítidas y se suceden con sorprendente fluidez de forma que existe una apariencia de claridad o, en otras palabras, una comprensibilidad fingida.
Ernst tras la cámara
Decíamos que Un semaine de bonté tenía un lado cinematográfico latente en su estructura. Este aspecto se materializa en la extraordinaria película en Technicolor Dreams That Money Can Buy (1947), dirigida por el artista y escritor Hans Richter, con participación de un gran número de artistas (incluido Ernst) y que recibió una mención especial en el 8º Festival de Cine de Venecia como “mejor contribución al progreso de la cinematografía”.
Lo que resplandece en esta cinta es la ampliación del concepto de espacio dentro de campo. Aquí el espacio filmado soporta varias escenas que se conectan sólo porque las acciones suceden al mismo tiempo dentro del cuadro, como en un circo de varias pistas.
Max Ernst, Jo Fontaine-Maison y Julien Levy en el episodio de Max Ernst ‘Desire’ (Deseo) de la película de Hans Richter Dreams That Money Can Buy. Colección Dietmar Siegert, Munich.Círculo de Bellas Artes
Por ejemplo, en el fotograma de la derecha vemos que, detrás del arco, están actuando frenéticamente Jo Fontaine-Mason y Julien Levy y, al otro lado, está Max Ernst tan tranquilo paseando de un lado a otro. Ernst comparte plano con ellos, pero sin reaccionar a su drama. Levy y Ernst se miran como si no se vieran, como si pertenecieran a películas distintas que comparten un mismo escenario. Tenemos que mover los ojos muy rápido de un lugar a otro del cuadro porque lo que hacen los personajes de un lado y Ernst del otro no está conectado lógica o narrativamente de ninguna manera.
Los espectadores se mantienen tensos tratando de reconciliar un tiempo y un espacio sobrecargados porque se mantienen dispares al enunciarse (hay al menos dos secuencias independientes que estamos acostumbrados a ver sucesivamente) pero aparecen forzadamente juntos en la representación.
La exposición se fija igualmente en otras interesantes facetas de la relación de Max Ernst con el cine, como sus actividades como actor, guionista y asesor y su participación en festivales como miembro del jurado y diseñador del trofeo. También rescata el concurso que ganó en 1945 para incluir un cuadro, La tentación de San Antonio, en la trama del film clásico The Private Affairs of Bel Ami. Fueron invitados a este concurso la flor y nata de los surrealistas y el jurado estaba compuesto por grandes nombres del arte, que seleccionaban qué pintura tendría un papel importante en la trama.
Dada la enorme inteligencia de Ernst y su conocimiento del cine como arte no nos extraña nada que se llevara el premio.
La representación de la naturaleza en Morton y Stettheimer
Florine Stettheimer, Picnic at Bedford Hills, 1918
Ree Morton, Souvenir Piece, 1973 en la Generali Foundation, Viena, 2008
RESUMEN
Con el tiempo, el medio de representar el paisaje (imagen artística de la Naturaleza) y su concepto mismo han ido evolucionando hacia postulados cibernéticos que lo caracterizan como Tercer paisaje (Clément, 2018) o Medio ambiente. La imagen adopta la forma de ficción aumentada, híper-ficción o espacio cibernético, en el sentido de que cuenta con muchas capas de información codificada, calculada o simulada en lenguajes formales o artificiales y que es necesario decodificar más que interpretar. El camino hacia esta representación artística cibernética arroja innumerables casos o piezas clave. Nosotros hemos seleccionamos dos: el cuadro Picnic at Bedford Hills (1918) de Florine Stettheimer y la instalación Souvenir Piece (1973) de Ree Morton. Los recursos gráficos y conceptuales de ambas artistas, en estas y otras piezas sobre el tema de la naturaleza como lugar de ocio, generan lo que Fisher (2022) denomina “plusvalía de código”, es decir, una exteriorización visual del mensaje paisaje que requiere algo más que una decodificación simple, ya que no utilizan figuras lingüísticas convencionales como la metáfora, sino formas polinizadas con códigos dispares para crear variantes impredecibles –por ejemplo, cartográficas– del ready made (Lafer, 2015), la pintura rococó, el arte de compromiso social o la artesanía (Nochling, 2022).
PALABRAS CLAVE
Florine Stettheimer, Ree Morton, Paisaje, Semántica, Arte contemporáneo
ABSTRACT
Over time, the means of representing the landscape (artistic image of Nature) and its concept itself have evolved towards cybernetic postulates that characterize it as Third Landscape (Clément, 2018) or Environment. The image takes the form of augmented fiction, hyperfiction or cybernetic space, in the sense that it has many layers of information encoded, calculated, or simulated in formal or artificial languages and that it is necessary to decode rather than interpret. The path towards this cybernetic artistic representation yields countless cases or key pieces. We have selected two: the painting Picnic at Bedford Hills (1918) by Florine Stettheimer and the installation Souvenir Piece (1973) by Ree Morton. The graphic and conceptual resources of both artists generate what Fisher (2022) calls “code surplus value”, that is, a visual externalization of the “landscape” message that requires more than a simple decoding since they do not use conventional linguistic figures, such as metaphor, but rather enriched forms with disparate codes to create unpredictable variants – for example, cartographic – of ready-made (Lafer, 2015), Rococo painting, art of social commitment or crafts (Nochling, 2022).
KEYWORDS
Florine Stettheimer, Ree Morton, Landscape, Semantics, Contemporary art
Las nuevas tendencias vinícolas (vinos naturales o biodinámicos) y gastronómicas (Adrià, Achatz, Dacosta, García…) tratan de ganar para el placer estético la atracción por los olores, texturas y sabores extremos que puede, llegado el caso, provocar sensación de inquietud o incluso asco. Un empeño que recuerda a la Teoría de lo Sublime, que también buscaba el placer estético en categorías más allá –e incluso opuestas– a la de la Belleza.