‘Surréalisme’: cien años de surrealismo en el Pompidou

‘Surréalisme’: cien años de surrealismo en el Pompidou

‘Composición surrealista’ de Suzanne Van Damme, en 1943, expuesta en la exposición del Centro Pompidou. RAW Modern
Almudena Baeza Medina, Universidad Camilo José Cela

En 1924, el escritor André Breton publicó el manifiesto surrealista –ahora un tesoro nacional en Francia–. Con él nacía uno de los movimientos artísticos más populares de la vanguardia.

_Familia_, de Tatsuo Ikeda, otra de las obras expuestas en la muestra del Pompidou.
Familia, de Tatsuo Ikeda, otra de las obras expuestas en la muestra del Pompidou. Art Institute Chicago

El Centre Pompidou de París conmemora los cien años de esta escuela con una exposición, Surréalisme, ambiciosa y distinta, porque incluye a muchas mujeres y creadores poco conocidos en Europa que trabajaron fuera de la órbita parisina. Por eso, además de acoger obras emblemáticas de los monstruos sagrados del movimiento, como Max Ernst, Rene Magritte, André Masson o Man Ray, exhibe también al fotógrafo Tatsuo Ikeda (Japón), a Wilhelm Freddie (Dinamarca), a Baya (Argelia) o a Rufino Tamayo (México). En cuanto a España, está muy bien representada con obras de Salvador Dalí, Joan Miró, Pablo Picasso, Luis Buñuel, Maruja Mallo y Remedios Varo.

La muestra viajará a Bruselas, Madrid, Hamburgo y Filadelfia, aunque en cada una de estas ciudades el montaje podría variar. En París, la exposición ocupa las salas centrales, las más grandes del museo, y tiene forma de laberinto que se despliega a partir de un “corazón” que alberga el manifiesto surrealista. Para entrar hay que atravesar una gigantesca boca abierta, una reproducción de la fachada del cabaré de L’Enfer (infierno), que estaba situado bajo las ventanas del apartamento de André Breton.

El surrealismo fue un movimiento plástico, pero también un movimiento que buscaba impulsar ideas que invitasen a la acción, a cambiar de vida y a intervenir social y políticamente. En este sentido, se exhiben muchos documentos que dan fe de los ideales de un surrealismo que condenó las guerras coloniales del Rif, Argelia e Indochina, además de los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX. Este era un principio irrenunciable de Bretón. De hecho, ante las burlas de Dalí al ideario comunista antifascista, el artista español fue expulsado del grupo.

Ruptura con el pensamiento anterior

Las preocupaciones emancipadoras se concretan en salas dedicadas a pensadores como el marqués de Sade, el conde de Lautréamont o Lewis Carroll.

Así, en el espacio denominado “Las lágrimas de Eros” se aborda la libertad sexual desde la perspectiva libertina, radical y política del marqués a través de obras de Dalí, Francis Picabia, Toyen o Joyce Mansour, entre otras. Lautréamont, con su frase “la belleza es el encuentro de un paraguas y una máquina de coser en una mesa de operaciones”, da nombre a otra sección que invita a reflexionar sobre lo absurdo de las convenciones –incluidas las lingüísticas–.

Cuadro en el que un árbol con nariz y ojos es observado por una pera desde el cielo.
Alicia en el País de las Maravillas, de Rene Magritte. WikiArt

Por su parte Alice, dedicada al pensamiento divergente infantil, el mundo de los locos o los durmientes, es una de las áreas más divertidas. Preside el espacio un gran cuadro de Magritte del periodo vache (“vaca” es un eufemismo para apelar al mal gusto) que lleva por título el nombre de la heroína de Carroll. Le acompañan obras de Picasso, Mimi Parent o Claude Cahun.

Otros temas típicos del surrealismo como el inconsciente, la piedra filosofal, los médiums, el bosque tenebroso o las quimeras nos hablan de zonas oscuras no iluminadas por los potentes faros de la ciencia y el progreso.

Las mujeres del surrealismo

Muchas mujeres surrealistas contribuyeron a crear estos universos góticos, abiertos al misterio, lo arcaico y lo mitológico. Uno de los aciertos de esta muestra es precisamente incluir a treinta y siete de ellas.

Podemos destacar a las británicas Ithell Colquhoun –cuyos halos luminosos parecen mostrar cómo, en el espacio, todo emite reverberaciones sonoras– y Grace Pailthorpe, capaz de retratar lo blando inquietante con la morosidad de un Dalí.

Meret Oppenheim sorprende con un enorme lienzo sobre la transformación de Daphne en laurel. Maruja Mallo, vestida con manto de algas, y Remedios Varo, presente con un gouache perteneciente al Museo Reina Sofía y tres serenas obras ocultistas pintadas en México –donde murió–, constituyen la aportación española. Tras la Segunda Guerra Mundial, Leonora Carrington también se refugió en México. Tanto ella como Toyen y Dorothea Tanning son las artistas mejor representadas en la exposición.

_Té verde_, de Leonora Carrington.
Té verde, de Leonora Carrington. WikiArt

Diversas técnicas

Las surrealistas también contribuyeron a la exploración de algunos métodos –como el dibujo automático, el frottage, el cadáver exquisito o la decalcomanía– empleados para introducir el azar y generar una estética chocante.

El dibujo automático, muy utilizado por Unica Zürn, consiste en dibujar sin prestar atención, teniendo la mente ocupada en otra cosa –por ejemplo, hablando por teléfono– para que el resultado no se vea influido por el control de la conciencia.

El frottage (del francés frotar) es un procedimiento explorado por Max Ernst. Se basa en colocar el lienzo sobre un objeto para restregar la pintura con un pincel de cerdas duras y transferir así las texturas de este al soporte. Ernst a veces también lijaba la superficie de los lienzos y obtenía nuevas y azarosas marcas para sus “bosques”.

La decalcomanía es otra técnica sencilla que consiste en lanzar gruesas pinceladas para presionar sobre ellas con el papel y obtener manchas sugerentes sobre las que se pueden hacer pequeñas intervenciones. Una muy típica es el León Saltando (1936), de Óscar Domínguez.

El cadáver exquisito

Pero la técnica surrealista por antonomasia es el cadáver exquisito: una imagen fragmentada creada en un juego donde cada participante realiza una parte de un dibujo y luego dobla el papel de modo que éste quede oculto para el siguiente dibujante.

Fotografía surrealista de una mano pegada a una concha.
Collage de Dora Maar, _Sin título (mano-concha). © Estate of Dora Maar / DACS 2019

Este principio constructivo está detrás de las algunas de las composiciones más delirantes de Dalí, como Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar (1944), en los personajes totémicos de Dorothea Tanning o Suzanne Van Damme, en los locos objetos creados mediante ensamblajes por Jean Benoit o Victor Brauner o en los collages de Dora Maar, Grete Stern o Jindrich Styrsky. Y, por supuesto, resplandece en los papeles colectivos generados por el grupo.

Después de cien años, resulta inquietante que la estética surrealista aparezca en tantas obras generadas por inteligencia artificial. O que las ideas surrealistas contra el antropocentrismo y la mirada eurocéntrica, por ejemplo, que impedían advertir la autonomía y sabiduría de los pueblos primitivos, las plantas o los animales, se nos presenten ahora como cruciales para ayudarnos a lidiar con la catástrofe ecológica en que estamos inmersos.The Conversation

Almudena Baeza Medina, Teórica del arte, profesora de Narrativa Audiovisual Interactiva en el Grado de Artes Digitales de la Facultad de Tecnología y Ciencia, Universidad Camilo José Cela

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

Max Ernst y su apasionada relación con el séptimo arte

Max Ernst y su apasionada relación con el séptimo arte

Almudena Baeza Medina, Universidad Camilo José Cela

Max Ernst (1891-1976) fue un artista alemán fundador del movimiento dadá y una de las grandes figuras del surrealismo.

El círculo de Bellas Artes de Madrid acoge estos días una exposición, Max Ernst. Surrealismo, Arte y Cine, que presenta, de manera muy cuidada y formidablemente bien documentada, una faceta bastante desconocida del creador: su relación con el cine.

Y es que más allá de que haya películas que traten sobre su vida o el movimiento surrealista, la exhibición se esfuerza en mostrar que la construcción del espacio-tiempo sigue un ingenioso camino en ambos aspectos de la obra de Ernst, la pintura y el cine. Se puede admirar así cómo ciertas obras plásticas pueden ser entendidas desde presupuestos cinematográficos y también cómo las películas revelan un tratamiento pictórico de la acción y el movimiento.

El mundo del collage

Portada de un libro que incluye un collage de Max Ernst.
Paul Éluard / Max Ernst, Répétitions (Repeticiones), París 1922, ilustración de portada sobre un collage de Max Ernst. Círculo de Bellas Artes

Si algo caracteriza la trayectoria de Ernst es la aventura y la experimentación. Empecemos por la pintura. Max Ernst, en su etapa dadaísta en Colonia, creó un procedimiento plástico, el collage, que hoy practican hasta los niños en los colegios, pero que en su momento producía unos resultados inquietantes y hasta espeluznantes.

Los collages de Ernst muestran una simultaneidad de acciones muy dispares en un mismo espacio continuo. Esto genera imágenes tan violentas e icónicas como la de unas manos que atraviesan un ojo con una aguja al tiempo que agarran una delicada mariposa. La película de Salvador Dalí y Luis Buñuel Un perro andaluz sigue muchos de los motivos y principios de estas obras primerizas. Ese acto de atravesar el ojo que perpetran Ernst y los directores españoles en una de las escenas más famosas de su film funciona como un enérgico manifiesto de lo que pretendía el surrealismo: liberar la visión.

Igualmente, Une semaine de bonté (Una semana de bondad) –una obra que por sí sola ya le hubiera colocado en un lugar preeminente en la historia del arte– es una serie de collages que puede ser leída como una fabulosa colección de películas. De hecho, la muestra ofrece una animación de Jean Desvilles generada en 1961 a partir de esta obra singular que es como un sueño hecho realidad.

Los 182 collages originales, realizados en torno a 1934, se mostraron por primera vez en Madrid en 1936 y los volvimos a ver en 2009 en la Fundación Mapfre. Fueron creados a partir de un material muy específico: ilustraciones de novelas folletinescas del siglo XIX realizadas mediante la técnica del grabado sobre madera muy dura. Estos dibujos presentan unas tramas muy apretadas y unos contornos muy nítidos. En los años 20 esta técnica estaba obsoleta y por eso, cuando Ernst comenzó a comprar estas novelas en librerías de viejo, ya eran una rareza.

Al trabajar con un material tan específico Ernst razona como un cineasta: primero elige una lámina, que le proporciona el marco para la acción. Sobre ella añade figuras y objetos procedentes de otras de estas ilustraciones, generando poco a poco acciones que transcurren simultáneamente en el plano. El raccord, o continuidad entre secuencias, está garantizado por la enorme coherencia estilística y formal del material que emplea. Así, ponerle unas alas de dragón a una recatada mujer del XIX, enmascarar a los poderosos con efigies de leones o inundar los interiores burgueses con mares encrespados son modos de generar secuencias surrealistas que normalizan lo incomprensible.

Componer desde lo particular

La otra gran invención de Max Ernst es el frottage. En la exposición se ve al artista explicar que la técnica consiste en colocar un papel sobre un tablón de madera sin pulir para, al frotar con ceras o lápices, conseguir que la textura se transfiera al soporte. Sobre estas huellas Ernst ve ojos de pájaros extraños, desiertos, selvas, cabellos… Estas primeras marcas indican una profundidad de campo para la escena y proporcionan la composición del plano que unas veces será general y otras de detalle.

Este procedimiento pictórico revela la fijación, casi neurológica, de Ernst con la textura. Lo normal es que percibamos primero las formas como siluetas coloreadas, antes de captar detalles como las texturas. Por eso resulta tan peculiar el procedimiento del frottage, que invierte el orden de nuestro mecanismo perceptivo –que va de lo general a lo particular– y nos obliga a componer desde lo particular un general que, a la fuerza, nos parece confuso, onírico, raro.

Dibujo de un ojo según la técnica del frottage.
Max Ernst, ‘La roue de la lumière’ (La rueda de la luz), lámina XXIX de Histoire naturelle (Historia natural), París 1926. Círculo de Bellas Artes

Las películas, como Portrait du Max Ernst. Film illogique de Julien Levi y Ernst (1932), siguen esta lógica extraña de considerar a la textura –de la hierba, el tronco, la piel de tigre, los rizos de Marie-Berthe Aurenche (segunda mujer del artista), etc.– como el elemento que compone el plano, que establece el raccord y que obliga a los actores a rellenar el cuadro más que al revés.

En este sentido, la escopeta nunca está en el mismo plano que el tigre y pocas veces encontramos al Ernst actor de cuerpo entero. Vemos más bien su cara asomando a través del tocón de un árbol o sus manos hundiéndose en los cabellos de la chica. Y si camina, lo hace de espaldas. Igualmente, el tigre, su piel, concretamente, aparece mucho antes de que Ernst decida empuñar la escopeta. El guion no se puede decir que sea muy sólido, pero las imágenes son extremadamente nítidas y se suceden con sorprendente fluidez de forma que existe una apariencia de claridad o, en otras palabras, una comprensibilidad fingida.

Ernst tras la cámara

Decíamos que Un semaine de bonté tenía un lado cinematográfico latente en su estructura. Este aspecto se materializa en la extraordinaria película en Technicolor Dreams That Money Can Buy (1947), dirigida por el artista y escritor Hans Richter, con participación de un gran número de artistas (incluido Ernst) y que recibió una mención especial en el 8º Festival de Cine de Venecia como “mejor contribución al progreso de la cinematografía”.

Lo que resplandece en esta cinta es la ampliación del concepto de espacio dentro de campo. Aquí el espacio filmado soporta varias escenas que se conectan sólo porque las acciones suceden al mismo tiempo dentro del cuadro, como en un circo de varias pistas.

Un hombre mayor en frac observa a otro que abraza a una mujer.
Max Ernst, Jo Fontaine-Maison y Julien Levy en el episodio de Max Ernst ‘Desire’ (Deseo) de la película de Hans Richter Dreams That Money Can Buy. Colección Dietmar Siegert, Munich. Círculo de Bellas Artes

Por ejemplo, en el fotograma de la derecha vemos que, detrás del arco, están actuando frenéticamente Jo Fontaine-Mason y Julien Levy y, al otro lado, está Max Ernst tan tranquilo paseando de un lado a otro. Ernst comparte plano con ellos, pero sin reaccionar a su drama. Levy y Ernst se miran como si no se vieran, como si pertenecieran a películas distintas que comparten un mismo escenario. Tenemos que mover los ojos muy rápido de un lugar a otro del cuadro porque lo que hacen los personajes de un lado y Ernst del otro no está conectado lógica o narrativamente de ninguna manera.

Los espectadores se mantienen tensos tratando de reconciliar un tiempo y un espacio sobrecargados porque se mantienen dispares al enunciarse (hay al menos dos secuencias independientes que estamos acostumbrados a ver sucesivamente) pero aparecen forzadamente juntos en la representación.

Max Ernst, _La tentación de San Antonio_.
Max Ernst, La tentación de San Antonio. Museo Lehmbruck, Duisburg- Círculo de Bellas Artes de Madrid

La exposición se fija igualmente en otras interesantes facetas de la relación de Max Ernst con el cine, como sus actividades como actor, guionista y asesor y su participación en festivales como miembro del jurado y diseñador del trofeo. También rescata el concurso que ganó en 1945 para incluir un cuadro, La tentación de San Antonio, en la trama del film clásico The Private Affairs of Bel Ami. Fueron invitados a este concurso la flor y nata de los surrealistas y el jurado estaba compuesto por grandes nombres del arte, que seleccionaban qué pintura tendría un papel importante en la trama.

Dada la enorme inteligencia de Ernst y su conocimiento del cine como arte no nos extraña nada que se llevara el premio.The Conversation

Almudena Baeza Medina, Teórica del arte, profesora de Narrativa Audiovisual Interactiva en el Grado de Artes Digitales de la Facultad de Tecnología y Ciencia, Universidad Camilo José Cela

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.